El hijo no nacido: un duelo desautorizado
Shadia Salman, Estudiante de Psicología
Perder un hijo antes de conocerlo es algo que no siempre sabemos cómo nombrar. Tengo muchos pensamientos dando vueltas en mi mente sobre esto… los veo pasar, intento darles sentido, ordenarlos… y me doy cuenta de que no es tan sencillo. Si busco definiciones médicas, me encuentro con palabras técnicas como “aborto espontáneo”, “muerte perinatal” o “muerte fetal”. Pero ninguna de ellas logra englobar todo lo que quiero transmitir.
¿Es que acaso el valor e impacto de la vida se puede medir en días y semanas? Y es justamente esto lo que me inspira para escribir esta reflexión, que no pretende trazar fronteras en semanas de gestación o de vida neonatal, ni encasillar la pérdida, y lo que ella conlleva, en términos clínicos.
Lo que quiero es hablar de lo que sucede en lo humano, en lo emocional; cuando un hijo no llega a acompañarnos en el mundo terrenal. De las representaciones que madres y padres construyen alrededor de ese hijo esperado: los sueños, las ilusiones, las narrativas que se entretejen incluso antes de su llegada. Y es que no hay hijo que, aunque se despida pronto, no deje su huella ni transforme de manera significativa la vida de quienes lo esperan.
El amor por un hijo
El amor por un hijo es de esos sentimientos que no necesitan explicación. Aparece casi sin darnos cuenta: puro, intenso, y con una fuerza que transforma todo lo que toca. Por eso, cuando algo hiere ese vínculo tan profundo, cuando se interrumpe el curso natural de lo que imaginábamos compartir junto a ese pequeño ser, el impacto emocional puede ser enorme y cambiar por completo a quien lo vive.
No, no es que el amor desaparezca, porque no lo hace. El lazo sigue ahí, solo que está herido, dolido. Y ese dolor deja huellas que no siempre se ven, pero que se sienten en lo más hondo del corazón.
Como sociedad, solemos entender y validar ese amor… cuando ya hay un hijo en brazos; cuando lo vemos, lo tocamos. Pero pocas veces nos detenemos a pensar desde cuándo empieza realmente a construirse ese vínculo. Y quizás ahí esté una de las raíces del problema: en la dificultad para reconocer que ese amor empieza mucho antes, incluso antes de concebir a un hijo. Tal vez por eso, a nivel social, cuesta tanto comprender el verdadero impacto que puede tener una pérdida, sobre todo cuando ocurre en las primeras etapas del embarazo.
Como decía, el vínculo con un bebé empieza a formarse mucho antes del parto. A veces incluso antes de que exista una vida en camino. Nace del deseo, de esa primera ilusión que prende algo dentro, cuando empezamos a pensar cómo sería tenerlo. Desde ahí, los padres crean imaginarios: piensan cómo será, qué nombre llevará, cómo sonará su risa o a quién se parecerá. Empiezan a proyectarse hacia un futuro compartido, a soñar con una historia que ya se está escribiendo en su corazón, mucho antes de hacerse visible.
Y en ese proceso se va tejiendo un lazo: pensamientos, cuidados, deseos, pequeñas acciones que lo hacen cada vez más real. Incluso se empieza a hablarle, cantarle, imaginar su carita, o sentir su presencia física en el interior del vientre.
Esta conexión temprana no es solo una fantasía ni un deseo pasajero, es, en realidad, el primer paso de una relación que empieza antes del nacimiento, un amor que se gesta día a día, mientras se sueña, se imagina y se espera. De hecho, algunos estudios han mostrado que ese vínculo temprano puede influir en cómo se desarrolla la relación madre-bebé después del parto.
Pero más allá de lo que digan los estudios, lo cierto es que ya existe un vínculo real, vivo, y cuando se rompe, duele. Duele de verdad.
¿Acaso ese vínculo que se crea es tan diferente a cualquier otro? En realidad, no lo es. También aquí hay representación mental del otro, afecto, planes y expectativas. Si alguien pierde a una pareja o un amigo muy cercano con quien ha compartido todo eso, entendemos el dolor y le damos espacio para vivirlo. Ahora, si imaginamos que esas mismas emociones y proyecciones se han ido construyendo hacia ese bebé esperado, tiene sentido que la pérdida produzca un sufrimiento igual de intenso.
Cuando esta relación se interrumpe, las emocionales pueden ser desbordantes: tristeza profunda, culpa, soledad, vacío, ansiedad e incluso síntomas depresivos. No es una reacción “exagerada”, es la respuesta natural de alguien que había depositado cariño, tiempo, ilusiones y expectativas en una vida que no llegará.
Una despedida inesperada
La pérdida de un bebé es un acontecimiento trascendental en la vida de madres y padres, y por eso el duelo que la acompaña es tan particular.
Es particular porque suele ser un suceso que no encaja en lo que entendemos como “normal” dentro del ciclo de la vida: llega por sorpresa, en parte porque pocas personas están informadas o han aprendido que esto puede suceder. Despierta emociones muy potentes, como culpa o impotencia, y en el caso de las madres se suma la vulnerabilidad física propia del embarazo o del postparto, lo que hace que todo el proceso sea aún más complejo.
Además, muchas veces esta experiencia se ve solapada con la presión por continuar con la vida o incluso de intentar un nuevo embarazo. El tiempo no espera, y en medio de la tormenta emocional hay que empalmar la pérdida con la ilusión y el proyecto de ser padres de nuevo, generando una mezcla de emociones difícil de ordenar y un desafío adicional para transitar el duelo.
Por eso, el duelo perinatal no sigue reglas fijas, ni tiempos definidos, ni existe un “manual” sobre cómo se debe sentir o actuar. Es un camino íntimo, personal. El tiempo ayuda a asimilarlo, pero la experiencia siempre formará parte de la historia de quien lo vivió. Olvidar algo que se amó tanto no cura la herida; más bien, aprender a aceptar lo sucedido y transformar ese dolor en un recuerdo que pueda acompañarnos de manera sana es lo que permite integrar la pérdida a la vida, sanando poco a poco mientras seguimos adelante.
El peso del contexto social
Si bien el proceso de duelo perinatal puede tener avances y retrocesos, con tiempo y acompañamiento adecuado, la carga y el dolor se van aligerando e integrando cada vez más a la vida personal. Sin embargo, algo que muchas veces complica el proceso y aumenta el sufrimiento es la falta de apoyo del entorno social.
Con frecuencia, la pérdida perinatal, especialmente en etapas tempranas del embarazo, no recibe el mismo reconocimiento que otras muertes. Esa falta de reconocimiento se manifiesta de muchas maneras: ausencia de rituales, comentarios que minimizan (‘era muy pronto’) o la simple invisibilización del duelo. Todo esto convierte la experiencia en un duelo desautorizado, haciendo que las madres y padres lleguen a sentir que lo que sienten es inapropiado o “anormal”. Surgen pensamientos como “algo anda mal en mí” o “debería seguir adelante”, mientras su realidad emocional les dice otra cosa.
Este conflicto constante entre sentir y deber sentir puede hacer que el duelo sea más difícil de transitar, propiciando el aislamiento social, prolongando la tristeza, la sensación de culpa y de vacío y el miedo al juicio externo.
Contar con una red de apoyo cercana es un recurso invaluable, un factor protector. Y cuando hablo de “red” y aquí vale la pena resaltar que lo valioso de una red no es la cantidad, sino la calidad de aquellas que realmente sostienen, acompañan y ofrecen contención: una especie de vitamina emocional que nutre y fortalece. La escucha, la validación del dolor y la simple presencia son, según diversos estudios, formas de acompañamiento esenciales para quienes atraviesan una pérdida perinatal. Este tipo de apoyo ayuda a aliviar el sufrimiento y contribuye a que las familias encuentren una manera más saludable de integrar la pérdida en sus vidas.
Por lo tanto, la sociedad tiene un peso muy importante en cómo se vive el duelo perinatal, y trabajar para que sea más sensible, respetuosa y empática es fundamental. Si bien no existe una fórmula mágica ni una receta magistral para ser el apoyo perfecto, escuchar de verdad, mostrar empatía, aceptar sin juzgar y validar lo que la persona siente puede marcar una gran diferencia. Ser un espacio de cuidado y no de juicio ayuda a que el duelo se recorra de forma más sana y positiva. Al final, cada gesto de comprensión y cercanía contribuye a que quienes atraviesan esta experiencia sientan que no están solos y puedan integrar la pérdida en su vida con un poco más de alivio.
Mi consejo, si pudiera dejar uno, sería este: No hace falta tener todas las respuestas ni saber “qué decir”. Basta con estar, escuchar, validar y sostener, porque incluso los gestos más simples pueden convertirse en un refugio que acompaña a quienes atraviesan esta pérdida y les recuerda que no están solos.
Recuerda, no estás sola, no tienes la culpa. ¡Con ayuda, te sentirás mejor! Comparte este blog de apoyo en salud mental perinatal con quien lo necesite.
Bibliografía
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